Que Messi es el mejor jugador del mundo no lo pone en duda ni un ignorante del fútbol como yo. Que es un chaval al que le influye sobremanera el ambiente y que paga las frustraciones de miles de aficionados (en uno u otro sentido), creo que está más que demostrado. Pero él simplemente juega. Porque le gusta y porque sabe. Pero sobre todo porque creo que ha encontrado un entorno que ha sabido sacar lo mejor de él sin pedirle más.
Cuando el FC Barcelona ganó alguno de los títulos que se ha llevado esta temporada Leo prometió hablar en la celebración. Pero no lo hizo y creo que acertó. Él o quien se lo recomendara. Messi es un jugador de fútbol. El mejor. Pero jamás será un orador. Ni que lo quiera. Y eso tiene un precio.
Hay marcas que son como Leo. Marcas que, a su pesar, no comunican como debieran o quisieran. ¿Qué ocurre entonces? Que el valor que se les atribuye es menor al que podrían tener si fueran capaces de hablar como debieran a su público. Todo y todos tenemos un público al que dirigirnos, al que convencer.
De la misma manera que cualquiera que pasara por ahí no sería capaz de sacar lo mejor de Messi, cualquiera que pase por aquí no puede ser capaz de sacar lo mejor de una marca. Para eso están los que saben. Cada cual con su librillo.
Yo no hago publicidad -me decía un emprendedor barcelonés hace unos días- sólo quiero que la gente se entere de lo que hago y vendo a través de mis establecimientos. Lo siento, pero si este empresario no logra convencer a su público de que cuenta con la mejor oferta, sólo quien se entere casualmente de ello lo va a saber. Y eso sería como tener a Messi en un equipo de barrio: una pena.
Comunicar no es necesario, es imprescindible. La Iglesia lo sabe desde hace más de dos mil años. No en balde cuelgan campanas en sus establecimientos. Aquí y en la Argentina de Leo.
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viernes, 8 de julio de 2011
jueves, 7 de julio de 2011
Todo llega, incluso el calor. Total hace nada que nos estábamos quejando del invierno, de las navidades, de lo rápido que pasa todo… Todo llega.
Saludo al verano bastantes días después de que se instalara entre nosotros en términos de calendario. Y lo hago pensando en una imagen que siempre, cada año, me viene a la cabeza cuando llega esta estación. La del arranque de El Extranjero, de Albert Camus. Una imagen de sol, de calor, de agobio. No sé por qué. Camus arranca con la noticia de la muerte de la madre del protagonista y a mí lo que se me queda es el calor que éste padece. No hay justicia. No tengo perdón.
Espero, como cada año, que todo ello no signifique un parón en la actividad habitual, pero es en vano. De hecho son sucesos coincidentes la llegada del calor y la inapetencia laboral. No puede ser. No quiero que sea. Conmigo no va. Quiero pensar que es porque simplemente me gusta lo que hago. Y entonces me da por pensar que si ello fuera más generalizado, posiblemente el valor de la desidia caería en picado en la bolsa de los insatisfechos. Y otro gallo nos cantaría.
Otro gallo que no sería el que me despierta en estas mañanas de sol y de calor. Que no de desidia.
Saludo al verano bastantes días después de que se instalara entre nosotros en términos de calendario. Y lo hago pensando en una imagen que siempre, cada año, me viene a la cabeza cuando llega esta estación. La del arranque de El Extranjero, de Albert Camus. Una imagen de sol, de calor, de agobio. No sé por qué. Camus arranca con la noticia de la muerte de la madre del protagonista y a mí lo que se me queda es el calor que éste padece. No hay justicia. No tengo perdón.
Espero, como cada año, que todo ello no signifique un parón en la actividad habitual, pero es en vano. De hecho son sucesos coincidentes la llegada del calor y la inapetencia laboral. No puede ser. No quiero que sea. Conmigo no va. Quiero pensar que es porque simplemente me gusta lo que hago. Y entonces me da por pensar que si ello fuera más generalizado, posiblemente el valor de la desidia caería en picado en la bolsa de los insatisfechos. Y otro gallo nos cantaría.
Otro gallo que no sería el que me despierta en estas mañanas de sol y de calor. Que no de desidia.
jueves, 27 de enero de 2011
Ayer tuve una inesperada sorpresa. Más o menos como cada día llegué al trabajo y, con una mezcla de ilusión y coraje me disponía a afrontar otra jornada abriendo alguna correspondencia (RAE: Conjunto de cartas que se despachan o reciben). De golpe los ojos se fijaron en uno de los sobres que tenía sobre mi mesa. Un sobre blanco, convencional –sólo la presencia de dos ventanas y no de una sola parecía romper su particular normalidad- del que destacaba colorista, vivo, retador, el logo de Google. El paradigma de la nueva sociedad. Conjuntamente con Facebook, el mejor ejemplo de éxito digital.
No me pude resistir. Dejé lo que tenía en las manos y quise saber qué buscaba en mí el buscador.
Una oferta. El sobre contenía una oferta que me instaba a probar la eficacia de Google AdWords a partir del regalo de 75 euros en publicidad gratuita. Maravilloso. El sobre contenía también un pequeño argumentario a favor de las ventajas de la utilización de esta herramienta comercial con un titular tan innovador (tan 2.0) como “¡Consiga fácilmente nuevos clientes con Google!”. Fascinante. El rey del mundo digital, dirigiéndose a mí a través de un mailing (como los de antaño), con una propuesta basada en una oferta de precio, y con un claim y un aspecto de lo más tradicional (que viene de tradición).
Después de la sorpresa vino la reacción. La auténtica lectura de los hechos. Google posiblemente sea la marca más consciente de que no solamente de 2.0 vive la comunicación comercial. Google sabe perfectamente que modernidad no equivale a renuncia, y si ello significa que para mejorar los resultados de su gestión se han de utilizar los métodos más arcaicos (aunque todavía, uno de los más eficaces) lo hace.
Ello nos lleva a la consideración de Google como un auténtico exponente de la marca moderna: la que utiliza todos los recursos a su alcance, sin ningún complejo. Quien mejor lo tiene para utilizar los canales de comunicación más avanzados es quien nos da una lección de versatilidad a través de su combinación con otros mucho menos glamurosos.
Nunca he dicho que había dejado de creer en la publicidad, pero ahora sé que comparto esta opinión con Google. Todo un honor.
No me pude resistir. Dejé lo que tenía en las manos y quise saber qué buscaba en mí el buscador.
Una oferta. El sobre contenía una oferta que me instaba a probar la eficacia de Google AdWords a partir del regalo de 75 euros en publicidad gratuita. Maravilloso. El sobre contenía también un pequeño argumentario a favor de las ventajas de la utilización de esta herramienta comercial con un titular tan innovador (tan 2.0) como “¡Consiga fácilmente nuevos clientes con Google!”. Fascinante. El rey del mundo digital, dirigiéndose a mí a través de un mailing (como los de antaño), con una propuesta basada en una oferta de precio, y con un claim y un aspecto de lo más tradicional (que viene de tradición).
Después de la sorpresa vino la reacción. La auténtica lectura de los hechos. Google posiblemente sea la marca más consciente de que no solamente de 2.0 vive la comunicación comercial. Google sabe perfectamente que modernidad no equivale a renuncia, y si ello significa que para mejorar los resultados de su gestión se han de utilizar los métodos más arcaicos (aunque todavía, uno de los más eficaces) lo hace.
Ello nos lleva a la consideración de Google como un auténtico exponente de la marca moderna: la que utiliza todos los recursos a su alcance, sin ningún complejo. Quien mejor lo tiene para utilizar los canales de comunicación más avanzados es quien nos da una lección de versatilidad a través de su combinación con otros mucho menos glamurosos.
Nunca he dicho que había dejado de creer en la publicidad, pero ahora sé que comparto esta opinión con Google. Todo un honor.
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